Una reflexión sobre cómo los errores de gobierno no son exclusivos de una generación política, a partir de la comparación entre las salidas de autoridades en los gobiernos de Boric y Kast.
Céline le dice esta frase a Jesse en "Antes del atardecer", cuando se reencuentran en París nueve años después. Mientras recorren la ciudad, recuerdan que no intercambiaron ninguna forma de contacto y confiaron únicamente en la promesa de reencontrarse seis meses después.
Esta idea, se construyó como un relato sobre el gobierno de Gabriel Boric: los jóvenes no tenían la madurez ni la experiencia necesarias para gobernar; en el fondo, estaban realizando su práctica profesional en La Moneda.
Hoy, al cumplirse seis meses desde que asumió, la administración de José Antonio Kast registra la salida de 45 autoridades: 35 seremis, tres ministras, seis subsecretarios y un delegado presidencial. Durante sus primeros seis meses, el gobierno de Boric tuvo 19 salidas: cinco ministros y 14 seremis.
Esta realidad muestra que, desde la oposición, resulta fácil criticar y reducir los errores a la incompetencia. Una vez en el poder, queda claro que estos no son exclusivos de una generación. Conducir un Estado es más complejo de lo que parece, comenzando por elegir a quienes integrarán el gobierno.
El problema de fondo es otro: quien piensa distinto pasa a ser considerado inepto, incompetente o torpe. Cuando el gobierno de Boric recién cumplía cien días, Kast lo calificó como el peor de la historia reciente. El propio Boric acusó a la concertación de administrar el neoliberalismo en vez de desmantelarlo y prometió que Chile, cuna del modelo, también sería su tumba. Terminó su mandato sin cumplir aquella promesa: aunque impulsó reformas importantes, buena parte de las estructuras que criticaba siguieron vigentes.
Ese es el deterioro del debate político: cuando la élite política deja de dialogar con quienes piensan distinto y construye relatos que se repiten como eslóganes. Javier Milei, quien esta semana participó en el Foro Madrid realizado en Santiago, representa una versión extrema de esta lógica: califica de tarados o imbéciles a quienes lo contradicen mientras grita «¡Viva la libertad, carajo!». Sin embargo, una libertad que exige pensar de una sola forma deja de serlo y se convierte en la negación del diálogo. El adversario deja de ser alguien a quien convencer y pasa a ser un obstáculo que debe derrotarse.
Jesse le responde a Céline: ¿Crees que todavía lo somos?. Jóvenes, claramente, ya no.


