El norte de Chile concentra minerales clave para la transición energética y abundante energía solar y eólica, lo que abre una oportunidad para desarrollar minería baja en carbono.
Pocas regiones del mundo reúnen en un mismo territorio los minerales que exige la transición energética y la energía limpia para extraerlos. El norte de Chile es una de ellas, y desde allí sale cerca de un cuarto del cobre que consume el planeta. Sostengo que esa coincidencia, más geográfica que planificada, abre una oportunidad histórica: dejar de ser sólo proveedores de materia prima y convertirnos en un polo de minería baja en carbono con conocimiento propio.
Los datos respaldan la tesis, aunque también revelan sus tensiones. Según Cochilco, el consumo eléctrico de la minería del cobre pasará de 27,6 TWh en 2025 a 33,2 TWh en 2034. Es un alza de 20%, mientras la producción crecerá cerca de un 8%, y la diferencia se explica por leyes decrecientes y mayor desalación. Hacia 2030, casi el 99% de esa electricidad podría ser renovable. La paradoja es que en 2025 el sistema perdió más de 6.200 GWh solares y eólicos por falta de transmisión, tres cuartas partes en Antofagasta y Atacama. Tenemos sol de sobra y no siempre sabemos qué hacer con él.
Ahí se juega el futuro. Almacenamiento, transmisión, desalación renovable e hidrógeno verde para desplazar el Diésel de los camiones de extracción no son proyectos aislados, sino piezas de un mismo sistema. Y cuando los mercados comienzan a exigir cobre con huella de carbono trazable, esa integración deja de ser un gesto ambiental y se vuelve ventaja competitiva.
Con todo, la oportunidad no se agota en exportar. Si el norte solo aporta sol, agua de mar y mineral, repetiremos la historia del salitre. La diferencia la harán la formación de técnicos e ingenieros en la región, la investigación aplicada en nuestras universidades y una gobernanza que reparta los beneficios donde se asumen los costos. La transición puede transformar el norte, siempre que el conocimiento también se produzca aquí.

