El cambio de hora en Chile debe evaluarse no solo por sus beneficios económicos, sino también por sus efectos en la salud física y mental de las personas.
Dos veces al año Chile cambia la hora. La medida nació en 1968, en plena sequía, para aliviar la generación hidroeléctrica y aprovechar mejor la luz del día. Hoy los argumentos son otros: ahorro energético, consumo, turismo. Pero la pregunta de fondo sigue abierta: ¿qué le hace este cambio al cuerpo y la mente de las personas? Las leyes que nacen del Estado también tocan nuestra biología.
Los seres humanos tenemos un ciclo circadiano, regulado por el núcleo supraquiasmático, que sincroniza sueño, ánimo y rendimiento con el ambiente. Para ello contamos con Zeitgebers (señales externas que ponen en hora tu reloj biológico) El más potente es la luz. Cambiar la hora altera esa señal y puede desalinear el reloj interno del día solar.
No todos respondemos igual. Gentry et al. (2021) identifican cronotipos matutino, vespertino e intermedio, además de un fenotipo de sueño corto natural (FNSS). Son rasgos biológicos, moldeados por genética y ambiente, no simples preferencias.
Los matutinos se adaptan con facilidad: su reloj ya adelantado sufre solo un desajuste leve, aunque en adultos mayores el atraso de hora puede traer despertares más tempranos y somnolencia vespertina.
Los vespertinos son los más afectados. Su reloj funciona tarde y el cambio los obliga a un horario social aún más lejano de su biología: dificultad para dormir, somnolencia matinal, irritabilidad y menor rendimiento. En Chile esto golpea sobre todo a adolescentes y jóvenes, que ya tienden a cronotipos tardíos y deben cumplir horarios escolares o laborales tempranos.
La mayoría, con cronotipo intermedio, sufre efectos moderados: sueño fragmentado y cansancio mientras el reloj se reajusta, en un plazo de tres a catorce días. Quienes tienen FNSS se adaptan rápido, gracias a un sistema circadiano más estable, es decir necesitan menos hora de sueño para sentirse descansados.
Si el cambio horario afecta de forma tan distinta a la población, ¿conviene mantenerlo? El debate no puede limitarse a lo económico, como en 1968. Debe poner en el centro la salud, en un país donde la salud mental ya es un desafío mayor y las políticas públicas van a la zaga. La pregunta no es si el cambio horario resulta cómodo o rentable, sino si sus beneficios sociales compensan sus costos en salud.


